La sensación de nerviosismo antes de rendir un examen, en una entrevista de trabajo o en una primera cita es lo que se conoce como ansiedad. Los especialistas la definen como una emoción que nos permite adaptarnos a situaciones nuevas y que nos impulsa a actuar, a la vez que funciona como un mecanismo de protección frente a un eventual peligro. En esos momentos "nos sentimos inquietos, nos transpiran las manos y se nos acelera el pulso, pero hasta allí todo está dentro de los parámetro normales. El problema surge cuando esa reacción es desproporcionada, cuando nos invalida para tomar decisiones y cuando perdemos la capacidad de detectar el verdadero peligro. En esos casos, el malestar psicofísico nos impide relacionarnos con nuestro medio laboral y social porque, llegado este punto, las señales de alarma comienzan a estar fuera del control de quienes las padecen y pasan a configurar un trastorno que requiere tratamiento específico", explica Silvia Bentolila, jefa del servicio de Salud Mental del hospital Paroissien de La Matanza. Uno de los trastornos de ansiedad más frecuentes es el que se conoce como TAG o Trastorno de Ansiedad Generalizado. En estos casos la persona transcurre en un estado de preocupación excesiva y permanente ya sea por la salud, el dinero, la familia o el trabajo. Estas personas no logran relajarse en ningún momento y, por lo tanto, presentan problemas de insomnio, sin embargo, son concientes de que el nivel de preocupación y nerviosismo que manifiestan resulta injustificado. Un 20 por ciento de la población mundial padecerá algún tipo de trastorno de ansiedad en algún momento de su vida, según indican datos estadísticos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Los ataques de pánico y las fobias son algunas de las formas en las que se presenta esta enfermedad que no sólo se manifiesta a través del miedo intenso y el nerviosismo sino que, además, presenta signos físicos como taquicardia, náuseas y mareos, síntomas que al confundirse con los de otras patologías demoran el diagnóstico preciso. Sin un tratamiento adecuado, estos trastornos pueden derivar en cuadros de depresión profunda, aislamiento e, incluso, suicidio. Diagnóstico, ataques de pánico y fobias El dolor en el pecho, las palpitaciones y la sensación de ahogo, entre otros síntomas físicos de los trastornos de ansiedad, provocan que el paciente pase por varias consultas médicas antes de comprender que padece una enfermedad que debe ser abordada con un tratamiento psicoterapéutico y psiquiátrico. "Hay que tener en cuenta que estos casos tienen, en la actualidad, connotaciones económicas considerables en el sistema sanitario, ya que más del 70 por ciento de los pacientes han pasado por muchos otros médicos de distintas especialidades y se han practicado cantidad de estudios sin encontrar una respuesta a su malestar", señala Bentolila. Las dificultades para dar con un diagnóstico temprano surgen, frecuentemente, en los pacientes con trastornos de pánico, porque en estos casos la persona cree que está sufriendo un ataque al corazón o que está al borde de la muerte. "Se le acelera el pulso, se marea y se agita, siente un dolor en la boca del estómago, se le tapan los oídos, le transpiran las manos hasta que termina, como tantas otras veces, en la sala de guardia del primer hospital que encuentra a su paso. Los electrocardiogramas le dicen que su corazón está perfecto, los cardiólogos le han recomendado atención psiquiátrica, la persona entiende que tienen razón pero, en el momento del ataque, no pueden evitar sentirse morir", comenta Bentolila. En estos casos, como en el resto de los trastornos de ansiedad, la persona comienza a evitar situaciones cotidianas como manejar, ir al mercado o al cine. Aparece lo que se llama "ansiedad anticipatoria", la que se caracteriza por el temor a volver a sufrir un nuevo estado de desborde emocional, lo cual aumenta la tensión y la predisposición para una nueva crisis. Por otra parte, cuando el miedo irracional surge ante un objeto o una situación en forma reiterada, el trastorno constituye lo que los especialistas definen como fobias específicas, tales como el temor extremo a los aviones, a los lugares cerrados o a hablar en público al punto de evitar, por todos los medios, la exposición a estas situaciones percibidas como "detonantes" del miedo. Aunque todavía no están determinadas las causas, se sabe que, en general, las fobias comienzan en la adolescencia y, al igual que los ataques de pánico, son más frecuentes en las mujeres. Grupos de riesgo Determinar los orígenes de este tipo de trastornos genera opiniones encontradas en la comunidad científica. Si bien hay consenso en la existencia de una predisposición heredada a padecer problemas de ansiedad, "resulta difícil determinar cuánto se debe a esta carga genética y cuánto a la convivencia con un grupo familiar con patrones ansiógenos", comenta la especialista. La investigaciones en este sentido muestran que la exposición a situaciones de estrés traumático – como violencia, abuso o marginalidad - repetida y sostenida en el tiempo,"determinan patrones biológicos de respuesta frente a nuevas situaciones estresantes. Las personas viven en un estado de hiperalerta constante, el mundo es vivido como peligroso y el cuerpo se prepara para el peligro, es como si se estuviera en permanente situación de guerra, de alarma", agrega Bentolila. El trastorno por estrés postraumático, que es otra de las formas de trastornos por ansiedad, casi siempre se presenta asociado al TAG, a los ataques de pánico y a cuadros de depresión severa, con abuso de sustancias y alcohol en un porcentaje importante de quienes lo padecen. El paciente pierde la capacidad de discriminar el peligro "real", todo le resulta potencialmente amenazador. Como respuesta defensiva genera un estado psicobiológico de alarma permanente: "estos patrones se transmiten tanto a nivel físico como conductalmente, porque los hijos crecen en un clima de irritabilidad, inseguridad, mal control de los impulsos, con la consecuente violencia generándose circuitos que perpetúan la ansiedad", aclara la especialista.
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