El propósito de este blog es informar, no a aquellos que saben del tema sino a las personas que buscan la salida a un problema que no comprenden, que no entienden por qué les está ocurriendo a ellos; no para el que tiene posibilidades de informarse sobre lo que le puede estar pasando, sino para aquellas personas que por circunstancias de la vida no han tenido oportunidad de acercarse a los conocimientos que otros han aportado en este tema.
Nos dirigimos a aquellas personas que han sufrido, que se han sentido humillad@s, que no han sabido qué hacer ni a quien acudir porque el miedo que sentían era tan grande que les paralizaba, a aquellos que creen que la confusión es algo que les atrapa sin remedio quitándoles la voz y apenas saben qué decir o hacer, o quienes son. A aquell@s que cuando escuchan el silencio se sienten heridos, con ira, que el alma se les va al suelo porque saben que no controlan su vida y no tienen ni idea de cómo coger las riendas. A los que heridos querían reclamar lo que es suyo, pero ni siquiera sabían si podían hacerlo, si había alguien a quien reclamar que no fueran ellos mismos, porque sientes que eres tu el que no cumple las normas, este es el sentimiento de culpa.
Este sentimiento de culpa te hace volver y aceptar de nuevo el dolor de una situación desagradable. Aquí aparece la sumisión, con la carga psicológica de someterte de nuevo en contra de lo que deseas. Empieza la contradicción interna, sientes que eso no es lo que quieres, no es donde quieres estar, no es donde quieres volver.
Te sientes menospreciado sin saber por qué, sientes que no cuentan contigo, que solo tienes que limitarte a cumplir tus obligaciones. Y no olvidemos que todos estos sentimientos y algunos más que iremos describiendo, son nuestros hijos los que los ven y los sienten, y aunque no sepan expresar su desacuerdo participan de esos sentimientos convirtiéndolos en una forma de vida, en la única forma de vida que conocen, que les han enseñado.
Hablamos a los que se les echa la culpa y han sido castigados por haber roto una norma que desconocían y que otro ha impuesto, a los que se han preguntado con duda si realmente se lo merecían y no han sabido encontrar una respuesta dentro de sí mismos. A los niños que no han entendido nada de lo que les ha sucedido y todavía adultos se preguntan por qué tuvo que ser así, y por qué el niño que llevan dentro no ha dejado de llorar desde ese primer grito, ese primer golpe con rabia incomprensible.
A los que ignoran el dolor que sientes y cuando ven dolor en tus ojos o tristeza en tu mirada muestran indiferencia, pero corren a contarlo a los demás sin saber que también eso te hace sufrir, pero da igual, así los demás alivian su problema que en definitiva es el mismo. Y así el maltrato se alimenta.
Cuando sales a la calle aparece otro sentimiento, la vergüenza, que para no sentirla mejor guardamos nuestro problema y “qué le vamos a hacer” “nos ha tocado” “la vida es así” “vendrán tiempos mejores” “solo es una crisis” “saldremos de esta” “yo puedo superarlo”. Pero la herida nunca se cierra y todo sigue igual, todos comparten el mismo secreto sin delatarse guardando con celo su problema, y huyendo de quien pueda revelarlo, o atacando para que guarde silencio. Así se perpetúa y trasmite silenciosamente, como un cáncer, y todos en nuestra incomprensión acabamos infectados por no saber distinguir hasta que punto es malo. Nos enseñaron a sentirlo así.
Siempre pensamos que el otro algún día entenderá y cambiará, esa es la esperanza, nuestra amiga íntima. Ella nos hace callar y entregarnos al otro esperando recibir algún día el afecto que damos, pero ese día nunca llega, y cada vez sentimos más frustración. Hasta que un día estallamos y reclamamos todo aquello que dimos, sin saber que ese día el otro nos detendrá porque nunca participó de tu esperanza, y quizás su respuesta sea física y dolorosa.
Pensamos en las posibles salidas. Ya sabemos que no podemos contárselo a una amiga, tampoco a nuestra familia. ¿Y por qué no a nuestra familia? Porque es algo asumido como normal, todo el mundo tiene crisis de pareja, discute con los amigos, pasa malos momentos…”todo pasará”. Eso si cuentas con una familia, porque en la mayoría de los casos todos están enfadados, abuelas con nietos, madres con hijos, hermanos con hermanos, madres con padres… y en fin como tampoco saben muy bien qué hacer, pues callan ante el problema que planteas.
Este silencio lo perciben los niños, y de forma indirecta entienden que es la forma adecuada de afrontar el problema. Educamos a nuestros niños para que entiendan que callar y no actuar es lo más adecuado ante ciertos problemas incómodos. Se educa en la impotencia de que si afrontas ese problema estás siendo políticamente incorrecto. En tu fuero interno, tratarlo es reprobable, pero no puedes evitarlo, y esa contradicción tiene consecuencias.
Socialmente, se impone un límite a la autoestima, y esto favorece las conductas sumisas y/o agresivas. Pero esta agresividad no se canaliza hacia la estructura inculcada, sino hacia aquellos que la ponen en evidencia y la cuestionan.
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