Los principales errores que cometemos acerca del amor
La información que nos llega continuamente sobre la dificultad de mantener una relación sentimental estable hace que mucha gente empiece a estar advertida de que algo no funciona de forma adecuada. Si divinizamos el amor entramos en un mundo mágico y exclusivo de la poesía, que solo nos ofrece una parcela de la realidad sentimental. Pero el amor, a la larga necesitará recomponerse, volver a empezar, redefinirlo, verlo con ojos nuevos. Si desconocemos esto, no sabemos la base del tema. Si hacemos de la otra persona un absoluto, situamos al otro en una posición excesivamente elevada, en un pedestal psicológico. Pero como vamos a ver al otro de forma milimétrica en miles de ocasiones, esta imagen se caerá y se desplomara, y no ocurre de un día para otro sino de una forma gradual. A ver, se puede mantener la admiración por el otro pero sin llegar al extremo de no ver sus defectos, porque con el tiempo esa percepción cambiará y va a provocar una fuerte decepción. Si hacemos de la otra persona un todo eso es concebirla como parte fundamental de la felicidad personal. Y no hay felicidad sin esfuerzo por enderezar el rumbo de tus principales argumentos. Pensar que es suficiente con estar enamorado, pensar que estar enamorado es suficiente para que el amor funcione, es un fallo común. Estar enamorado es el principio, el empujón hormonal que activa toda la maquinaria psicológica de los sentimientos y que al principio tiene una enorme fuerza (ya vimos cómo funcionaba todo el aparato hormonal). El consumismo, la permisividad y el relativismo nos hace dar todo por válido, con lo que se deforma la visión de la realidad y la hace tan amplia que se borran los límites entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, así es muy difícil mantener una relación sentimental estable excepto que la otra persona sea capaz de doblegarse, desaparecer psicológicamente y someterse. Pero eso no es amor, ni relación de pareja, eso es otra cosa. Una relación afectiva busca soluciones, resuelve, prevé, se domina a sí misma, hay que esmerarse en limar planos, hay que modificar, rehacer lo que no se desarrolla en condiciones. Creer que la vida en pareja no necesita ser aprendida es inmadurez, ¡creer que todo ira viento en popa solo porque el enamoramiento ha sido recíproco! La relación exige trabajo, y no podemos bajar la guardia. Existen muchos lenguajes en una pareja, físico, sexual, afectivo, social, económico, cultural, espiritual…y acoplar e integrar todo esto supone esfuerzo. Hay que tener lucidez, vivacidad, aportar soluciones operativas, superar los caprichos y todo esto requiere inteligencia y voluntad. Hay personas que, por ejemplo, no tienen habilidades en la comunicación y necesitan adquirir recursos psicológicos en este ámbito, y si somos demasiado idealistas ignoramos la importancia de estos aspectos. Y no se puede dudar que esto se aprende. No es posible que uno inicie una relación y todo funcione por una especie de automatismo innato. Uno tiene que conocerse a uno mismo antes que a la pareja, para estar con alguien es necesario estar primero con uno mismo. Para cambiar y corregir algo propio es necesario ser muy concreto, conocer qué aspecto no está bien estructurado y ponerse manos a la obra, esto es lento, es un arte en el que uno va talando y podando lo que no es útil, esto es una tarea prioritaria que cada uno debe hacer consigo mismo. Hay que observar las capacidades, las limitaciones y los errores que hay que corregir. Hay varios elementos que van a ayudar en esa tarea con uno mismo: - estar en la realidad - ser realista y conscientes de lo que hemos ido alcanzando - tener un proyecto de vida - asumir y digerir el pasado con todo lo que conlleva, así podremos superar la ira, el rencor y el resentimiento pidiéndole cuentas a la vida por tratarnos de una u otra manera. Y ¡la alegría! que es imprescindible, la satisfacción de seguir en la brecha, de luchar por sacar lo mejor de uno mismo cada día. Un beso a todos los que leéis estos post, que sé que lo hacéis, aunque lo estéis haciendo en silencio.
María J. Gamonoso
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