En mis años de estudiante me contaron en la facultad una especie de historieta o cuento para que entendiésemos qué era la indefensión aprendida. El cuento narraba la historia de un circo. En él había un elefante enorme, fuerte e imponente encadenado a un pequeño poste clavado en el suelo. La cadena era muy delgada y el poste no parecía lo suficiente grueso para retener al animal. Uno de los niños que fue a ver el espectáculo y vio la situación no pudo hacer otra cosa que alarmarse: “¿Cómo puede ser que un elefante tan grande y fuerte no se escape? Con lo fácil que tiene que resultarle arrancarla de un tirón” dijo el niño. El domador de elefantes que estaba cerca le escuchó y se acercó para contarle el secreto. “Desde que nació ese elefante lo hemos tenido atado con esa misma cadena al suelo. Al principio, cuando el elefante todavía era pequeño y débil intentaba soltarse tirando y tirando con todas sus fuerzas y así conseguir su libertad. Tiraba y tiraba hasta que se quedaba exhausto y dormido. Continúo tirando todos los días siguientes sin conseguir soltarse. Así que al final, el elefante llegó a la conclusión de que hiciera lo que hiciera no podía hacer nada para cambiar su situación. Por eso no hemos necesitado atarlo con una cadena más fuerte. El elefante ha aprendido a creer que está indefenso y no se molesta en intentar soltarse”. A esto se le llama en psicología INDEFENSIÓN APRENDIDA. Este concepto que se entiende muy bien con esta historia lo descubrió Martin Selligman en 1975 con un experimento en el que dos grupos distintos de perros eran sometidos a leves descargas eléctricas. La diferencia fue que en el primer grupo se les administraba las descargas sin que los animales pudieran hacer nada para evitarlas. Sin embargo, en el segundo grupo, si los animales apretaban una palanca con el hocico la descarga no se disparaba. La diferencia entre los dos grupos es clara: la percepción de tener control o no sobre los sucesos desagradables que ocurren. Tras esto, Selligman hizo un segundo experimento con estos mismos perros. Esta vez los metió en una caja con dos compartimentos divididos por una barrera. En el primer compartimento los animales recibían descargas eléctricas, en el segundo no. Todo lo que tenían que hacer los perros para librarse de las descargas era saltar la barrera y cruzar al otro lado. Los resultados fueron asombrosos. Los perros que no habían tenido control sobre las descargas en el primer experimento no se movieron y por tanto, no evitaron las descargas de este segundo. En cambio, los perros que sí tuvieron la posibilidad, en el primer experimento, de evitar las descargas apretando la palanca aprendieron enseguida a saltar al otro lado de la caja para no recibirlas. Esto que les ocurría a los perros de Selligman y al elefante de nuestra historia también puede ocurrirles a las personas. De hecho, una de las características de las personas deprimidas es que han aprendido a no actuar, por que ¿de qué va a servirle?. Mientras no actúes, mientras te dejes arrastrar por la tristeza o la desesperanza, cuando empieces a dejar de lado todo lo que antes te divertía y reduzcas tu vida a no salir de casa, no quedar con amigos, no ir al trabajo, no arreglarte para sentirte guapo o guapa... seguirás cada vez más triste y te sentirás culpable e indefenso o indefensa por lo mal que lo estás pasando. La depresión por tanto, sí es una acción: la de dejarte vencer. Si de pequeño experimentaste algún suceso traumático en el que, debido a tu corta edad o a otras circunstancias, no pudiste hacer nada para evitarlo es probable que ante situaciones perjudiciales te quedes paralizado sin saber que sí puedes hacer algo al respecto. Por que, ¿Crees que el elefante podría haberse soltado de la cadena si lo hubiera intentado ahora que era fuerte? La clave está en moverte, buscar alternativas, soluciones (hay un post dedicado a cómo tomar decisiones difíciles paso a paso), gente en la que apoyarte. Sé creativo y toma las decisiones necesarias para salir de tu problema antes que dejarte vencer por él.
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