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Barcelona
(España) |
30 de Julio de 2007 |
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Los pacientes respiratorios
crónicos, nuevos usuarios de los viajes en avión. |
A lo largo de los últimos años se ha experimentado un
incremento progresivo del número de personas que utilizan aviones para
sus desplazamientos. El auge de las compañías aéreas de bajo coste y la
cada vez más ambiciosa oferta en el mercado fomenta dicho incremento,
que se prevé que sea del 4,4% anual hasta el año 2015. Además, los
avances en el control y tratamiento de muchos trastornos respiratorios
crónicos han favorecido un cambio en el estilo de vida de las personas
que padecen enfermedades respiratorias, lo que significa nuevos usuarios
de los vuelos aéreos.
Los cambios leves en el ambiente interno de un avión pueden ser
imperceptibles para los pasajeros sanos. Sin embargo, estos cambios
pueden repercutir de forma importante en los pacientes con enfermedades
respiratorias crónicas, e incluso puede suponer un riesgo para su salud.
Por este motivo, SEPAR aconseja una evaluación clínica previa a un viaje
en avión a las personas que padecen EPOC (Enfermedad Pulmonar
Obstructiva Crónica) moderada o grave, asma persistente grave, fibrosis
quística, tuberculosis pulmonar, personas que tienen riesgo de padecer
una enfermedad tromboembólica venosa, más conocida como “síndrome de la
clase turista”, y las que necesitan un soporte ventilatorio, pues
algunas compañías aéreas no aceptan el transporte de oxígeno. En el caso
de las compañías que sí admiten pacientes con oxigenoterapia, SEPAR
recomienda que se informen con antelación sobre las características y la
duración del vuelo, así como de los procedimientos requeridos por la
línea aérea. Es muy importante tener en cuenta el tiempo muerto en el
caso de enlaces aéreos para calcular las horas de oxígeno disponibles
según las fuentes. Viajar con oxígeno es posible, pero requiere una
preparación minuciosa.
Asimismo, cabe tener en cuenta que el buceo y volar en avión no son
compatibles: tras el buceo con botella se acumula nitrógeno en los
pulmones, que durante el ascenso en avión puede dar síntomas de
descompresión de forma grave, por eso se recomienda no volar en las 24
horas siguientes a la práctica del buceo, y aumentar este período en el
caso de haber realizado inmersiones que hayan requerido paradas de
descompresión.
Como medida higiénica de prevención general, la Sociedad Española de
Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR) aconseja a los pasajeros hacer
algo tan fácil como lavarse las manos de forma frecuente. Este hábito
reduce el riesgo de transmisión de enfermedades infectocontagiosas y
debería convertirse en una rutina habitual durante los viajes y siempre
antes de las comidas. Además, los neumólogos aconsejan cubrirse la nariz
y la boca siempre que se estornude o tosa para proteger a los demás.
Otra recomendación general que SEPAR desea trasladar a los que en estas
fechas van a viajar en avión, tiene que ver con la inmovilidad
prolongada durante un determinado período de tiempo en un avión. Dicha
inmovilidad contribuye a la acumulación de sangre en las piernas, lo que
puede originar hinchazón, tirantez y molestias en las extremidades
inferiores. A su vez, la inmovilidad puede favorecer el desarrollo de
trombosis venosa profunda (TVP.
En general, los aviones comerciales vuelan en torno a los 11.000 –
12.000 metros sobre el nivel del mar, en la capa más interna del
planeta, la troposfera. Si la presión interna del habitáculo dependiese
directamente de la presión atmosférica externa, el ambiente sería
incompatible con la vida. Por este motivo los aviones deben ser
presurizados, es decir, deben incrementar su presión barométrica con
respecto al exterior. En caso de despresurización brusca, se hace
necesario el uso de máscaras de oxígeno para sobrevivir y por eso su uso
es obligatorio en los vuelos comerciales. Si no se utilizara dicha
máscara, a 10.600 metros de altura una persona pierde la consciencia a
los 30-45 segundos. Por otro lado, a medida que se asciende en la
atmósfera, la presión barométrica disminuye y puede originar molestias
en algunos órganos como el oído, los senos paranasales (prolongaciones
de la cavidad nasal hacia los huesos vecinos del cráneo), los dientes y
el sistema gastrointestinal.
Aparte de los problemas derivados de los cambios en la presión
barométrica, la humedad es otro aspecto que afecta a los pasajeros. La
temperatura disminuye aproximadamente 2 ºC por cada 300 m de altitud,
por lo que el aire del interior de los aviones debe ser calentado.
Además, este es un aire con niveles bajos de humedad (5%) y puede
generar sequedad cutánea, molestias oculares, orales y nasales.
Aunque no son muy frecuentes, viajar en avión plantea algunos
potenciales riesgos respiratorios. Los datos de 120 compañías aéreas
integradas en la International Air Transport Association (IATA) muestran
que entre 1977 y 1984 se produjeron 577 defunciones en vuelo: las
complicaciones respiratorias supusieron la tercera causa de muerte
reconocida, precedidas por las de origen cardíaco y neoplásico. |