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Factores de Riesgo Cardiovascular. Diabetes Mellitus Insulindependiente y no insulindependiente
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Autor: Marta Villa Lopez
Publicado: 16/03/2007
 


Tanto la diabetes mellitus insulinodependiente (DMID) como la no insulinodependiente (DMNID) son, además de una enfermedad crónica, un importante e independiente factor de riesgo de enfermedad cardio­vascular, con especial expresión clínica en la esfera vascular cerebral, coronaria, vascular periférica y visceral (sobre todo en el área mesentérica). La afectación vascular en la aterosclerosis es la causa principal de muerte prematu­ra en pacientes con diabetes de cualquiera de los dos tipos mencionados, suponiendo prácticamente el 80% de todas las muertes y el 75% de todas las hospitalizacio­nes de pacientes diabéticos.


Factores de Riesgo Cardiovascular. Diabetes Mellitus Insulindependiente y no insulindependiente.1

Factores de Riesgo Cardiovascular. Diabetes Mellitus Insulindependiente y no insulindependiente.

 

Juliana Caballero Gueto, Marta Villa López, Alfredo López González,  Francisco Caballero Gueto

 

 

FACTORES DE RIESGO CARDIOVASCULAR. DIABETES.

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Tanto la diabetes mellitus insulinodependiente (DMID) como la no insulinodependiente (DMNID) son, además de una enfermedad crónica, un importante e independiente factor de riesgo de enfermedad cardio­vascular, con especial expresión clínica en la esfera vascular cerebral, coronaria, vascular periférica y visceral (sobre todo en el área mesentérica). La afectación vascular en la aterosclerosis es la causa principal de muerte prematu­ra en pacientes con diabetes de cualquiera de los dos tipos mencionados, suponiendo prácticamente el 80% de todas las muertes y el 75% de todas las hospitalizacio­nes de pacientes diabéticos.

 

Independientemente de la lesión isquémica, el diabético puede verse afectado por una miocardiopatía metabólica, patogénicamente diferente de la afectación ateromatosa, que puede manifestarse de forma precoz con clínica de insuficiencia cardiaca y es objetivable a través de estudios morfofuncionales del corazón.

 

La diabetes afecta a la aterogénesis a través de numero­sos mecanismos potenciales.  Probablemente, los efectos específicos de la hiperglucemia estén mediados por la glucosilación y glucooxidación irreversibles de proteínas estructurales en la pared arterial y por un mayor potencial para la lesión oxi­dativa. 

 

Sin embargo, la diabetes va asociada, también, a diversos fac­tores que contribuyen a la aterosclerosis acelerada. La ma­yor parte de estos factores son reconocidos también como factores de riesgo independientes de la aterosclerosis y la enfermedad arterial coronaria:

 

  • la diabetes tiene un perfil aterogénico de las lipoproteí­nas que incluye un aumento de las lipoproteínas de muy baja densidad (VLDL), disminución de las lipoproteínas de alta densidad (HDL) y el predominio de las lipoproteínas de baja densidad (LDL) densas peque­ñas aterogénicas;
  • la hipertensión tiene mayor preva­lencia en pacientes diabéticos y acelera notablemente el proceso aterosclerotico; y
  • las alteraciones de la función en­dotelial y el sistema de la coagulación también desempeñan un pa­pel importante.

 

La hiperinsulinemia y la resistencia a la insulina provo­cadas por factores genéticos o la obesidad forman parte in­tegral de la diabetes no insulinodependiente, ya que la combinación de estas dos alteraciones del metabolismo de los hidratos de carbono predispone aún más a estos pacientes a la car­diopatía coronaria. La resistencia a la insulina va asociada a otros factores de riesgo cardiovascular, como elevación de la tensión arterial, dislipemias, alteración de la fibrinolisis y un patrón de distribución central de la gra­sa.

 

Además, las acciones mitogénicas y proliferativas di­rectas de la insulina sobre las células musculares lisas pue­den contribuir al proceso aterosclerótico.

 

 

ATEROSCLEROSIS Y DIABETES

 

Tanto la diabetes mellitus insulinodependiente (DMID) como la no dependiente (DMNID) son factores de ries­go poderosos e independientes de aterosclerosis, enfer­medad arterial coronaria (EAC), ictus y enfermedad arte­rial periférica. La prevalencia de la enfermedad cardiovascular en la población diabética (según el documento de consenso entre las Sociedades Españolas de Diabetes y Arteriosclerosis) se muestra en el siguiente esquema:

 

Prevalencia de la enfermedad cardiovascular en la población diabética española

 

Cardiopatía isquémica:

  • diabetes mellitus insulinodependiente (DMID): 40-50%.
  • diabetes mellitus no insulinodependiente (DMNID) en menores de 65 años: 10-40%
  • diabetes mellitus no insulinodependiente (DMNID) en mayores de 65 años: 70-75%

Enfermedad cerebrovascular:

  • diabetes mellitus insulinodependiente (DMID): 25-30%
  • diabetes mellitus no insulinodependiente (DMNID) en menores de 65 años: 25-30%

Enfermedad vascular periférica:

  • diabetes mellitus insulinodependiente (DMID): 40-50%.
  • diabetes mellitus no insulinodependiente (DMNID) en menores de 65 años: 50-55%

 

La aterosclerosis es un problema de salud importante en pacientes con diabetes, justificando prácticamente el 80% de todas las muertes en este grupo de pacientes. Las tres cuartas partes de estas muertes se deben a enfermedad arterial coronaria (EAC), según el estudio Framingham el riesgo relativo de infarto de miocardio es un 50% más alto en hombres diabéticos y un 150% más alto en mujeres diabéticas que en la población sin alteraciones en el metabolismo hidrocarbonado. La cuarta parte restante se debe a una mezcla de enfermedad vascular ce­rebral acelerada y periférica, cada una de las cuales tiene una incidencia de unas cinco veces mayor en pacientes dia­béticos, en comparación con sujetos de las mismas carac­terísticas sin diabetes. 

 

Por otro lado, considerando ahora la morbilidad, más del 75% de todas las hospi­talizaciones por complicaciones de la diabetes son atribuibles a enfermedad cardiovascular. La diabetes es también la causa más común de cardiopatía en perso­nas jóvenes: más del 50% de los pacientes recién diagnosticados de diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID) tienen enfermedad arterial coronaria en el momento del diag­nóstico de la diabetes. Los sujetos diabéticos tienen una ateros­clerosis de los vasos coronarios y cerebrales más extensa que los controles no diabéticos de sexo y edad com­parable.

 

No parece que la diabetes sea la causa principal de aterosclerosis. Sin embargo, cuando está presente, la dia­betes acelera la progresión natural de la aterosclerosis en todas las poblaciones.

           

Además de lo ya comentado, los diabéticos presentan un mayor número de vasos co­ronarios afectados, una distribución más difusa de las le­siones ateroscleróticas, un estrechamiento más grave de la arteria coronaria principal izquierda y una mayor prevalencia de ateromas complicados, con formación de fisuras en las placas. 

                       

Los individuos más jóvenes con diabetes mellitus insulindependiente (DMID) no se libran de esta afectación. Los estudios angiográficos que comparan los sujetos diabéticos con controles de características similares, indi­can que la principal diferencia entre los dos grupos es una frecuencia significativamente mayor de enfermedad de múl­tiples vasos en diabéticos.

           

La diabetes afecta a la aterogénesis a través de diversos me­canismos potenciales.

Muchos de los efectos pro­aterogénicos de la diabetes están relacionados con alte­raciones en la concentración de lipoproteínas y con alteraciones en la composición de las mismas que se vuelven más aterogénicas. Entre estas últimas se encuentran el aumento de liproteínas de muy baja densidad (VLDL), liproteínas de baja densidad (LDL) pequeñas y densas y disminución de las liproteínas de alta densidad (HDL) lo cual, «per se», es factor de riesgo cardiovascular. 

           

La hipertensión tiene una mayor prevalencia entre individuos con diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID), sobre todo los que han desarrollado nefropatía. 

Los niveles circulantes de insulina elevados en pacientes con diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID) pueden ser también aterogénicos.  Además, la hiperinsuli­nemia es un marcador para otros factores de riesgo, como la hipertensión y un perfil de lipoproteínas aterogénico, que a menudo coexisten.

           

En la diabetes existe un estado pro­coagulante debido al aumento de los niveles de factores de la coagulación, al aumento de la agregación plaquetaria y a la disminución de la actividad del inhibidor del activador del plasminógeno tipo 1 (PAI-1). 

           

La alteración de la libe­ración de mediadores vasoactivos por las células endote­liales da lugar a una modulación anormal del tono del músculo liso vascular. 

Los efectos exclusivos de la hiper­glucemia mediados por el mecanismo de glu­coxidación de proteínas aumentan la aterogenicidad afec­tando a las proteínas estructurales de las paredes de los vasos y favoreciendo el potencial para sufrir lesiones oxi­dativas.  La glucosilación de la partícula LDL dificulta su re­conocimiento por el receptor LDL y la hace más sensible a la modificación oxidativa.

 

Factores que contribuyen a la aterosclerosis en la diabetes

 

  • Anomalías en los niveles y composición de las lipoproteínas
  • Hipertensión
  • Resistencia a la insulina e hiperinsulinemia
  • Glucosilación avanzada de las proteínas en plasma y pa­red arterial
  • Glucoxidación y oxidación
  • Estado procoagulante
  • Disfunción endotelial

 

 

Diabetes mellitus y enfermedad vascular periférica y cerebrovascular.

                       

La amputación en diferentes grados de extremidades inferiores es una complicación frecuente del diabético con macroangiopatía. Suele anunciar su aparición con diferentes manifestaciones clínicas de las que hay que reseñar con mayor interés la ausencia de pulsos (pedios, tibiales, poplíteos y femorales), aparición de claudicación intermitente y progresiva inducida por el ejercicio y aparición de calcificaciones arteriales visibles radiológica o ecográficamente.

           

Los dolores abdominales del diabético evolucionado, sobre todo postprandiales pueden orientar a la existencia de una oclusión ateromatosa en el lecho mesentérico cuya expresión más grave es la trombosis mesentérica de mal pronóstico.

           

Los pacientes deben de ser evaluados mediante inspección, palpación de pulsos, balance muscular y sensibilidad. Además, estos pacientes deberían ser orientados acerca del abandono del tabaco, medidas generales de higiene, uso de calzado adecuado y explicación de posibles complicaciones.

           

Una vez presentes, las úlceras deben de ser evaluadas cuidadosamente para establecer su etiología, determinar su extensión  superficial y hacia estructuras profundas, la existencia de necrosis, abscesos o infección sistémica. A este respecto, se debe de realizar una evaluación vascular y radiológica.

           

Las sobreinfecciones de las lesiones vasculares suelen ser frecuentes y a menudo polimicrobianas, requiriendo cultivos de tejidos y exudados, irrigación con suero salino, desbridamiento de los tejidos necróticos y tratamiento antimicrobiano. Un correcto control glucémico es fundamental en el manejo de las complicaciones vasculares.

   

La prevalencia de accidente cerbrovascular agudo (ACVA) en mujeres es, en la mavoría de los estu­dios, superior a la hallada en varones a diferencia de la similar prevalencia en ambos sexos observada en la cardiopa­tía isquémica.

 

La enfermedad cerebrovascular (ECV) se define como «cualquier trastorno del encéfalo, focal o difuso, transitorio o per­manente, provocado por una alteración de la circulación cerebral».  En su expresión clínica la enfermedad cerebrovascular se presenta con mayor frecuencia como un episodio agudo (accidente cerebrovascular agudo (ACVA)o Ictus), de instauración repentina y síntomas/signos de lesión cerebral (frecuentemente fatal). Si la resolución clínica se completa antes de las 24 horas del comienzo de los síntomas se utiliza el término de ata­que isquémico transitorio. 

           

Según la naturaleza de la lesión se distingue entre enfermedad cerebrovascular hemorrágica e isquémica. La lesión cere­bral (infarto) se clasifica en función del mecanismo expuesto (hemodinámico, embólico, trombótico) y de la lesión sub­yacente. La enfermedad cerebrovascular es un proceso grave con elevada mortalidad precoz (4 sema­nas), alta incidencia y frecuentes recaí­das. En este tipo de patología concurren múltiples factores de riesgo, unos no modificables (edad avanzada, sexo, raza) y  otros sí (estilo de vida, tabaquis­mo, obesidad, hipertensión arterial, dia­betes mellitus), siendo la  hipertensión arterial  el factor de riesgo tratable de mayor impacto sobre el desarrollo de la enfermedad cerebrovascular, solo o asociado a otros factores. Las relaciones diabetes mellitus-enfermedad cerebro vascular cons­tituyen el tema de este capítulo.

           

La diabetes mellitus, por sus complicaciones potenciales macro-micro-vasculares-neurológicas conllevan una marcada morbimortalidad y costes socioeconómicos. En el siguiente listado, adaptada del Documento de Consenso redactado por las Sociedades Españolas de Arteriosclerosis y Diabetes se resu­me el impacto sobre mortalidad de estas complicaciones en los dos tipos funda­mentales de diabetes mellitus.

 

Causas de mortalidad en la diabetes:

 

Diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID)

Enfermedad cardiovascular: 58%

Enfermedad cerebrovascular: 12%

Nefropatía: 3%

Coma diabético: 1%

Infecciones: 11%

Cáncer: 4%

Otras: 11%

 

Diabetes mellitus insulindependiente (DMID)

 

Enfermedad cardiovascular: 15%

Enfermedad cerebrovascular: 3%

Nefropatía: 55%

Coma diabético: 4%

Infecciones: 0

Cáncer: 10%

Otras: 13%

 

La importancia de estas consecuencias es extraordinaria dada la prevalencia elevada de esta enfermedad (sobre todo la diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID))  y su asociación frecuente con otros factores de riesgo hipertensión arterial, dislipemias (mayor trigliceridemia, menor tasa de liproteínas de alta densidad (HDL), elevación en el número de partículas de liproteínas de baja densidad (VLDL)) y otros componentes del llamado "Síndrome Metabólico con resistencia a la Insulina" como nexo de unión entre todos sus elementos. La presencia de la diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID), además, crece sin cesar y las perspectivas para el año 2.000 son las de convertirse en una epidemia mundial, con más de 200 millones de personas afectadas en todo el mundo, incremento posiblemente facilitado por la progresi­va adopción de los hábitos “occidenta­les" de estilo de vida (sedentarismo, alta ingesta energética) en la mayoría de los países de nuestro planeta.  En este contexto, no sólo la enfermedad coronaria sino la cerebrovas­cular, con su paradigma clínico en el ictus o accidente cerebrovascular agudo (ACVA), con serias secuelas adquiere cada vez un relieve patológico relativamente minusvalorado pero muy trascenden­te en la historia natural de la diabetes.

                       

La diabetes mellitus puede considerarse, «per se», un factor de riesgo independiente de la enfermedad cerebrovascular. Su significación etiopatológica se incrementa con la frecuente asociación con hipertensión arterial y/o dislipemia. La enfermedad cerebrovascular (ACVA) es de 1,7 a 2,5 o más frecuente que en los no diabéticos con independencia de raza, sexo y otros factores de estilo de vida.

                       

Numerosos estudios clínicos demues­tran que la diabetes mellitus tipo I aumenta el riesgo de accidente cerebrovascular agudo (ACVA) aterotrombótico pero no el de ictus hemorrágico intraparenquimatoso o de hemorragia subaracnoidea. Así en el Rochester Epidemiology Proyect, uno de los más clásicos y fiables, el 88% de los casos fue debido a infarto isquémico cerebral, y sólo el 8% a hemorragia intra­cerebral y/o subaracnoidea. En el 4% de todos los pacientes con accidente cerebrovascular agudo (ACVA) no pudo identificarse la etiología. En otros estu­dios realizados en Estados Unidos (Honolulú) y en Europa (Finlandia) la prevalencia de ictus hemorrágico fue similar en diabéticos y no diabéticos pero con una prevalencia de unas 2,5 veces superior de ictus isquémico (ateroembólico) en aquellos.

                       

Curiosamente, no está claramente demostrado que la diabetes mellitus «per se» aumente la prevalencia de ata­ques isquémicos (cerebro-vasculares) transitorios respecto a la población no diabética y los estudios mejor diseñados ofrecen resultados no concluyentes o con­tradictorios. Sin embargo, por otro lado, el control estricto de la glucemia con terapia intensiva (dieta + insulina/sulfonilureas) reduce inequívo­camente la aparición de accidente cerebrovascular agudo (ACVA) y también la mortalidad debida a enfermedad cerebrovascular, como demuestran los resultados finales del Estudio Prospectivo Británico (UKPDS). A este respecto, es interesante tener en cuenta que el riguroso control de la tensión arte­rial reduce en un 44% el riesgo de ictus cualquie­ra sea la farmacoterapia hipotensora uti­lizada (IECAs, diuréticos y betabloqueantes).

                       

Adicionalmente, algún estudio reciente indica que el avance en edad y la pro­gresión en los niveles de glucemia basal en un periodo de seguimiento de unos 7 años pueden estar asociados con mayor mortalidad por accidente cerebrovascular agudo en pacientes con diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID).

                       

La evidencia clínica disponible demuestra que el accidente cerebrovascular agudo (ACVA) en la persona con diabetes conlleva mayor mortalidad, peor curso de los síntomas/signos neurológi­cos, mayor número de complicaciones no neurológicas (por ejemplo: neumonías por aspi­ración, infección urinaria-sepsis), y mayor frecuencia de secue­las neurológicas severas e incapa­citantes.  La mortalidad hospitalaria en el primer ingreso por accidente cerebrovascular agudo (ACVA) oscila, según los estudios, entre 21 y 28%; la prevalencia de muerte es más alta (4 ó 5 veces) que en los no diabéticos, tanto en la primera semana y en los dos primeros meses postingre­so. A largo plazo el primer episodio de en una persona con diabetes mellitus redu­ce (con independencia de otros factores de riesgo) la esperanza de vida a los 5 años de ocurrido el accidente cerebro­vascular con un 50% o más respecto a lo esperado en los no diabéticos.

 

Una característica típica de la enfermedad cerebrovascular en el diabético es la tendencia a repetir (recidiva) los episodios de accidente cerebrovascular agudo (ACVA) tanto a corto plazo (1 mes) como, sobre todo alrededor de los dos años, sin que el efecto pre­ventivo de antiagregantes plaquetarios sea tan nítido como en la prevención de la recurrencia de cuadros de este tipo en los pacientes no diabéti­cos.  Las razones de este mayor riesgo de recidiva de accidente cerebrovascular agudo (ACVA) en la diabetes mellitus son varias, pero la hiperglucemia y el grado de enfermedad microvascular aterogénica asociada a la diabetes mellitus son determinan­tes. Numerosos estudios confirman que la hiperglucemia, incluso severa (>300 mg/dl) es muy frecuente en pacientes con accidente cerebrovascular agudo (ACVA), lo que sugiere que muchos casos de diabetes mellitus o de intolerancia a la glucosa no conocidos se identifican en este primer episodio de ictus.

           

A veces, la hiperglucemia del accidente cerebrovascular agudo (ACVA) es un discutible fenómeno colateral (de «estrés») transitorio sin significación patológica. De ahí la importancia de la hiperglucemia y su grado hallada en el seno del episodio de accidente cerebrovascular agudo (ACVA) como fac­tor predictivo de morbimortalidad postictal.  Puede afirmarse que:

A) Mientras más severa sea la hiperglucemia hallada, peor será el pronóstico y mayor la mortalidad precoz (1 mes), tanto si se trata de diabetes mellitus ya conocida o «ignorada» e identificada en el accidente cerebrovascular.

B) La hiperglucemia puede traducir la gravedad (anatómica/funcional) del ACVA, sobre todo si es hemorrági­co. Estos datos concuerdan con la reducción de riesgo de accidente cerebrovascular agudo (ACVA) que el control estricto de glucemia y de la hipertensión arterial ejercen, según los datos referidos del UKPD.

 

La fisiopatología de la enfermedad cerebrovascular en la hiperglucemia transitoria (de «estrés») y en la diabetes mellitus, conocida o no, es compleja. Por una lado, los efectos directos de la hiperglucemia aguda alteran profundamente los mecanismos de autorregulación de la circulación intracerebral, el metabolismo y la homeostasis iónica neuronal.

           

Por otra parte, la enfermedad microvascular aterogénica de los vasos extracerebrales (por ejemplo: estenosis carotídea) y, también, la afectación de los microvasos intraparenquimatosos cerebrales son características de la hiperglucemia crónica de la diabetes, ignorada o conocida, antes del ACVA.

           

En conjunto, la confluencia  de ambas circunstancias contribuye a agravar la evolución (y tamaño de área infartada) del accidente cerebrovascular una vez instaurado.

 

           

Diagnóstico, prevención y tratamiento.

           

El diagnóstico de la enfermedad cerebrovascular (ACVA) en las personas con diabetes mellitus se sostiene sobre los mismos principios de criterios clínicos, analíticos y de imagen que en la persona no diabética. Sintetizamos aquí los propuestos por el Documento Consenso sobre Aterotrombosis avalado por la Sociedad Española de Arteriosclerosis.

 

La premisa indiscutible es que el diagnóstico del accidente cerebrovascular agudo (ACVA) es (casi) exclusivamente clínico y es requerimiento inexcusable una minuciosa historia clínica, el examen clínico general y una cuidadosa evaluación neurológica. El diagnóstico clínico dicta las decisiones de solicitud y utilización de los restantes métodos diagnósticos complementarios que permiten establecer el tipo de accidente cerebrovascular agudo (ACVA) presente, isquémico o hemorrágico, y su meca­nismo etiopatogénico siempre que sea posible. Es esencial, en el paciente con diabetes mellitus, y de forma específica, evaluar la exten­sión de enfermedad macrovascular (coronaria, cerebral, visceral, periférica), la coexistencia de otros factores de riesgo en general y de aquellos ligados al síndrome de insulinoresistencia en particular. La hiper­tensión arterial es clave en este proceso de evaluación.

 

El consenso español seña­la, en el diagnóstico del accidente cerebrovascular agudo (ACVA) por aterotrombosis, estas recomendaciones:

 

1. Tomografía Axial Computerizada (TAC) cerebral sin contraste de máxima urgencia (recomendación grado A: nivel de evidencia l).

2. Repetir TAC, sólo si hay deterioro neurológico progresivo o sospecha de transformación hemorrágica del infarto cerebral (recomendación grado B).

3. Resonancia magnética en fase aguda de ictus, sólo recomendable si hay sospecha de disección arterial (recomendación grado A).

4. Ultrasonografía de arterias carótidas (cuello), tan urgente como sea posible, sin perjuicio de no iniciar tratamiento.

5. Otros procedimientos con nivel de recomendación menor (grado C): ultrasonografía transcerebral, ecografía transtorácica o transesofágica.

6. No recomendado en fase aguda de ictus: angiografía convencional.

7. En fase postictal la angiografía carotídea convencional es recomendable (grado A) si hay historia de accidente isquémico transitorio (AIT) y/o secuelas de infarto reciente con estenosis carotídea superior al 70% comprobada por ultrasonografía.


Factores de Riesgo Cardiovascular. Diabetes Mellitus Insulindependiente y no insulindependiente.2

Las recomendaciones no se hacen en función de mecanismos específicos sino como aplicables a la mayoría de los pacientes. Las partes del Consenso se enfocan específicamente a las terapias antitrombóticas en cada una de las situaciones habituales como: fase aguda, infarto establecido, ictus en progresión, accidente isquémico transitorio (AIT) de repetición.  Se incluyen además los criterios de tratamiento quirúrgicos y/o endovascular (angioplastia y otros procederes) en la estenosis carotídea demostrada en algunas de las circunstancias anteriores (ictus previo, accidente isquémico transitorio (AIT) recurrente).

 

En conjunto, las recomendaciones básicas del Consenso Español son:

1 ) Administración inmediata de 160-300 mg de ácido acetilsalicílico en el infarto cerebral agudo no cardioembólico (recomendación grado A).

2) La Heparina Cálcica (dosis 10.000 u/día) no es recomendable en el infarto agudo cerebral no cardioembólico por la relación inversa beneficio-riesgo (fundamentalmente por las complicaciones hemorrágicas). Tampoco debe administrarse estreptoquinasa en fase aguda; la trombolisis con r-tPA sólo debe plantearse, por el momento, en el marco de ensayos clínicos y por equipos muy expertos.

3) El tratamiento quirúrgico o endovascular no debe hacerse en fase aguda y la endarterectomía sólo en circunstancias muy definidas (infarto progresivo, accidente isquémico transitorio (AIT) repetido), como nivel C.

4) No se incluyen como niveles de recomendación A (urgente o necesaria) la endarterectomía o la angioplastia transluminal percutánea en la estenosis carotídea.

 

Independientemente de lo mencionado, en prevención primaria no se recomienda la administración de antiagregantes plaquetarios (recomendación A), mientras que en prevención secundaria se aconseja el empleo de antiagregantes plaquetarios en casos con evidencia de enfermedad aterotrombótica.

           

El uso de ácido acetilsalicílico (75 mg/día) es de elección.  Esta recomendación es asimismo apoyada por las «Clinical Recommendations 1999» de la Sociedad Americana de Diabetes para el caso específico de pacientes diabéticos. En la intolerancia (o falta de respuesta) a la Aspirina, la Ticlopidina es la alternativa preferible. Como alternativa, se propone (estudio Caprie) el uso de Clopidogrel.

           

En presencia de otras complicaciones vasculares previas (infarto de miocardio) se aconseja la continuidad del tratamiento anticoagulante para prevenir el riesgo de tromboembolismo cerebral.

 

En resumen, los objetivos a conseguir en el entorno del accidente cerebrovascular agudo (ACVA) aterotrombótico, el más común en el paciente diabético, son:

 

I.              Repermeabilizar los vasos obstruidos.

II.             Potenciar la resistencia del tejido cerebral a la isquemia.

III.            Mejorar la perfusión en las áreas ("de penumbra") alrededor de tales zonas isquémicas.

IV.           Cuidar el estado general y, específicamente en el paciente diabético, controlar la hiperglucemia (generalmente mediante insulinoterapia) tan eficazmente como sea posible, aunque con especial cuidado en evitar la hipoglucemia.

V.            Evitar o prevenir complicaciones neurológicas y genéricas.

 

La elevada prevalencia de la enfermedad cerebrovascular en la diabetes mellitus (sobre todo del Tipo II), la mayor prevalencia de la enfermedad cerebrovascular de causa aterotrombótica y la mayor gravedad clínica y pronóstico en el paciente diabético exigen una mayor atención multidisciplinar (médico de atención primaria, neurólogo, cardiólogo, angiólogo, diabetólogo, etc.) que la prestada hasta ahora.

 

 

Enfermedad arterial coronaria

 

Enfermedad arterial coronaria en la diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID)

           

La cardiopatía coronaría es un problema de salud im­portante en la diabetes mellitus no insulinodependiente. Es la causa principal de muerte en­tre pacientes con esta patología endocrinológica, independientemente de la duración de la diabetes. El índice de ries­go relativo de enfermedad cardiovascular en la diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID) en comparación con la población general, está aumentado en­tre dos y cuatro veces.

           

Aunque los pacientes con diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID) tienen un mayor perfil de factores de riesgo aterogénicos (edad avanzada, hipertensión, liproteínas de alta densidad (HDL) bajas), los ajustes estadísti­cos no consiguen eliminar un efecto independiente de la propia diabetes. El aumento del riesgo cardiovascu­lar es especialmente notable en la mujer, como demuestran diversos estudios (Framingham,  Rancho Bernardo, Bedford y Joslin Clinic). En pre­sencia de la diabetes, se pierde la protección habitual de la que gozan las mujeres premenopáusicas frente a la aterosclerosis.

           

Aunque, en general, el grado y la duración de la hiperglucemia son los factores de riesgo principales para las complicaciones microvasculares, en la diabetes mellitus no insulinodependiente no existe una asocia­ción clara entre la extensión o la gravedad de las compli­caciones macrovasculares y la duración o gravedad de la diabetes. En sujetos con diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID) recién diagnosti­cada, se manifiesta una mayor prevalencia de enfermedad arterial coronaria. De cualquier forma, también ha de tenerse en cuenta que, dado que el diagnóstico clínico de diabetes mellitus no insulinodependiente  puede ir pre­cedido de muchos años de hiperglucemia asintomática, el cálculo de la duración de la diabetes puede estar sesgado.  De hecho, se ha demostrado que incluso el trastorno de la tolerancia a la glucosa lleva asociado un mayor riesgo car­diovascular.

           

La resistencia a la insulina y la hiperinsulinemia puede ser el factor de unión entre el trastorno de la tolerancia a la glucosa, la diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID) y la enfermedad arterial coronaria. Su papel como factor de riesgo cardiovascular independiente ha sido de mostrado en varios estudios (Helsinki y París) pero no en otros (MRFIT o Swedish Study). No es clara su relación con la enfermedad vascular periférica o cerebral. En individuos genéticamente propensos, la re­sistencia a la insulina puede tener lugar 15, 25 o más años antes del comienzo clínico de la diabetes.  Además, la resistencia a la in­sulina va asociada a otros factores de riesgo aterogénicos, como la hipertensión, obesidad central, las anomalías de los lípidos y un es­tado procoagulante.  Así, el factor que tiene más posibilida­des de estar relacionado con la enfermedad arterial coronaria entre los individuos aquejados por distintos tipos de trastornos de la tolerancia a la glucosa y los diabéticos es la desconocida duración de la resistencia a la insulina, más que la duración de la pro­pia diabetes.

           

Sin embargo, otros estudios indican que el nivel de hi­perglucemia crónica, medido por las determinaciones de la hemoglobina glucosilada, puede ser un factor de riesgo in­dependiente para la cardiopatía coronaria, especialmente en la mujer.

 

Enfermedad arterial coronaria en la diabetes mellitus insulindependiente

           

En contraste con lo que sucede en el caso de la diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID), se puede estudiar el riesgo cardiovascular en pa­cientes con diabetes mellitus insulinodependiente para determinar el grado en que los factores puros relacionados con la diabetes (por ejemplo, hiper­glucemia, duración de la enfermedad y glucosilación de las proteínas y lipoproteínas) causan el aumento del ries­go de enfermedad arterial coronaria.

           

Un seguimiento prolongado de pacientes con diabetes mellitus insulindependiente en el Joslin Diabetes Center, demostró un exceso de mortalidad cardiovascular en com­paración con la población general. Hasta pasados los 30 años de edad, no se observa un exceso de coronariopatía en pa­cientes con diabetes mellitus insulinodependiente. Los primeros casos de enfermedad coronaria clínica­mente manifiesta se producen en la ter­cera o en la cuarta década de vida, independientemente del momento de comienzo de la diabetes. El riesgo de este tipo de arteriopatía au­menta rápidamente después de los 40 años, y alrededor de los 55 años el 35% de los varones y las mujeres con diabetes mellitus insulindependiente mueren de insuficiencia coronaria.

           

Esta tasa de mortalidad por coronariopatía supe­ra en gran medida a la observada en una cohorte no dia­bética de edad comparable del Framingham Heart Study (8% para los varones no diabéticos y 4% para las muje­res no diabéticas).

           

Igual que sucede con las mujeres con diabetes mellitus no insulinodependiente, la protección frente a la enfermedad arterial coronaria observada en las mujeres no diabéticas, se pierde en las mujeres con la variedad insulinodependiente de esta enfermedad.

           

El hecho de que una subpoblación de pa­cientes con diabetes mellitus insulindependiente tenga una aterosclerosis coronaría gra­ve antes de los 55 años edad, independientemente de la aparición de la diabetes en la infancia o en la adolescen­cia, indica que la diabetes acelera sobre todo la progre­sión de lesiones ateroscleróticas precoces, que se produ­cen, aún en ausencia de diabetes, a una edad joven en la población general.

                       

Dos estudios de seguimiento a largo plazo llevados a cabo en la Joslin Clinic y el Steno Memorial Hospital, han demostrado que cuando se superpone la nefropatía a la dia­betes, la prevalencia de enfermedad arterial coronaria aumenta de forma llamativa (mortalidad relativa por enfermedad cardiovascular 37 veces más alta que en la población general frente a sólo 4,2 veces más elevada en pacientes sin pro­teinuria).

                       

En la cohorte de la Joslin Clinic, el riesgo de desarrollo de coronariopatía en pacientes con proteinu­ria persistente era 15 veces más elevado que en aquellos sin esta complicación. Por tan­to, la microalbuminuria en la diabetes mellitus insulinodependiente no es sólo un marcador de afectación renal, sino también un potente marcador de riesgo independiente de enfermedad vascular cerebral, periférica y coronaria.

           

Estudios prospectivos recientes demostraron que en pa­cientes con diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID), la microalbuminuria es también un factor predictivo independiente de aumento de la mortali­dad cardiovascular, aumentando el riesgo de enfermedad arterial coronaria mortal en sólo dos a cuatro veces.

           

Los mecanismos que vinculan a la microalbuminuria con el aumento de la mortalidad car­diovascular continúan siendo en gran parte desconocidos.  Sin embargo, cuando se superpone la nefropatía a la dia­betes, algunos de los mecanismos aterogénicos presentes en la diabetes se acentúan.  En las etapas iniciales de la ne­fropatía diabética, en las que se conserva la función renal, es detectable una agregación de factores de riesgo de en­fermedad cardiovascular como hipertensión, anomalías de los lípidos y alteraciones de la fibrinolisis y la coagulación. La hipertensión es frecuente en la ne­fropatía diabética, aun cuando las concentraciones de crea­tinina se mantienen normales, y puede empeorar la insuficiencia coronaria en pacientes con diabetes mellitus insulindependiente (DMID).

           

Por otro lado, el perfil lipoproteico en pacien­tes diabéticos con microalbuminuria incluye elevación de los niveles de liproteínas de baja densidad (LDL) y del resto de los quilomicrones, descen­so de los niveles de liproteínas de alta densidad (HDL) y elevación de los niveles de Lp(a), todos los cuales son aterogénicos.  Además, la actividad del factor VII y el fibrinógeno plasmático están bastante más elevados en pacientes con diabetes mellitus insulindependiente (DMID)  y microalbuminuria.

           

Finalmente, la nefropatía provoca una acumulación acelerada de productos finales de la glucosilación avanzada  en la circulación y los te­jidos, que va paralela a la gravedad del deterioro de la fun­ción renal, y la cual  favorece la aterosclerosis.

           

Aunque estos facto­res de riesgo contribuyen sin duda al desarrollo acelerado de aterosclerosis en pacientes con nefropatía diabética, posiblemente no expliquen por completo los elevados niveles de mortalidad cardiovascular de los pacientes con microal­buminuria.

 

La nefropatía diabética aparece sólo en una subpobla­ción del 30 al 40% de pacientes con diabetes mellitus insulinodependiente. El ries­go de desarrollo de nefropatía diabética está determinado sólo parcialmente por el control de la glucemia, teniendo gran influencia la sensibilidad genética.

                                  

La actividad de contratransporte de sodio-litio (Na,Li–CT) en los hematíes puede ser un posible vínculo genéti­co entre la hipertensión y la nefropatía diabética, ambos marcadores de enfermedad macrovascular.  Otros factores genéticos pueden contribuir a la predispo­sición de los pacientes diabéticos para desarrollar enfermedad arterial coronaria. Se ha demostrado la asociación entre coronariopatía y una variante del gen que codifica la enzima convertido­ra de la angiotensina (ECA). Así, un polimorfismo de delección (genotipo DD) en el gen de la enzima convertidora de angiotensina (ECA) confiere un alto riesgo de infarto de miocardio, inde­pendientemente de cualquiera de los clásicos factores de riesgo de enfermedad coronaria.

                                  

Por otro lado, parece que el genotipo II confiere pro­tección frente a la aparición de nefropatía diabética en pa­cientes con diabetes mellitus insulindependiente (DMID). La fuerte asociación entre ne­fropatía diabética y coronariopatía en pacientes con diabetes mellitus insulindependiente (DMID) y diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID) y la acumulación familiar de la nefropatía diabética, seña­la la posible asociación de un polimorfismo genético que afecta a la expresión del gen de la enzima convertidora de angiotensina (ECA) con la susceptibi­lidad a las complicaciones vasculares en pacientes diabéti­cos. 

 

A diferencia de en el caso de la diabetes, el polimorfismo de delección de la enzima convertidora de angiotensina (ECA) no está asociado a hipertensión en los seres hu­manos.

 

 

CONSIDERACIONES ESPECIALES EN PACIENTES DIABÉTICOS CON CARDIOPATÍA CORONARIA

 

La expresión clínica de la insuficiencia coronaria en pacientes diabéticos se diferencia de la que tiene lugar en pacientes no diabéti­cos en varias formas, como una mayor frecuencia de infar­to e isquemia silentes,  mayor morbilidad y mortalidad después de infarto agudo de miocardio, dismi­nución de las velocidades de reperfusión después del trata­miento trombolítico y aumento de la tasa de reestenosis des­pués de la angioplastia coronaria.

 

 

Isquemia miocárdica silente en la diabetes

 

La propensión de los pacientes diabéticos a padecer in­farto de miocardio silente está perfectamente establecida. En el estudio Framingham, una mayor proporción de los infartos de miocardio fueron silentes y no diagnosticados. Síntomas atípicos como confusión, disnea, fatiga o náuseas y vómitos fueron la molestia de presentación en el 32 a 42% de los pacientes diabéticos con infarto en comparación con el 6 a 15% de los no diabéticos, y además describieron su molestia como menos intensa en comparación con los pacientes no diabéticos.

           

Algunos estudios (realizados con ejercicio en tapiz rodante, mo­nitorización con Holter ambulatorio o gammagrafía de esfuerzo con talio) indican que los episodios de isquemia miocárdica silente se producen también con mayor fre­cuencia en pacientes con diabetes. 

           

La neuropatía autónoma con afectación de la inervación sensorial del corazón es una explicación verosímil de la ausencia de dolor en los episodios isquémicos, aun a pesar de la ausencia de neuropatía autónoma manifiesta o de otras complica­ciones microvasculares.

                                  

Los episodios isquémicos con o sin angina van asocia­dos a grados similares de disfunción ventricular izquierda y pueden ser responsables de síntomas de disnea u otros signos de insuficiencia cardiaca.

 

 

Curso del infarto agudo de miocardio

 

La mortalidad intrahospitalaria global de los pacientes diabéticos es de 1,5 a 2 veces más elevada que en los pa­cientes no diabéticos que experimentan infarto de miocar­dio. En la era pretrombolítica las cifras de mortalidad intrahospitalaria eran del 28%. Las mujeres diabéticas tienen un pronóstico peor, con una mortalidad de casi el doble en comparación con los varones diabéticos. Este mayor riesgo se registra también entre los pacientes diabéticos jóvenes con un aparentemente buen estado cardiovascular basal. La mayor parte de los es­tudios ha demostrado la ausencia de relación entre la du­ración de la diabetes conocida y la mortalidad intrahospi­talaria después de infarto de miocardio

                                  

El exceso de mortalidad intrahospitalaria entre diabéti­cos está claramente relacionado con la mayor incidencia de insuficiencia cardíaca congestiva. La prevalencia de insufi­ciencia cardíaca congestivo y de shock cardiogénico es más frecuente y más grave en diabéticos después de in­farto de miocardio de lo que cabría esperar por el tamaño de la lesión.

                                  

El pronóstico, después del infarto de miocardio, está relacionado con la función ventricular izquierda residual aunque no hay pruebas de que los pacien­tes diabéticos experimenten infartos más extensos que los pacientes no diabéticos. Además, el aumento de insuficiencia cardíaca congestiva se produce a pesar de una fracción de eyección ventricular izquier­da similar. Los síntomas congestivos se deben principalmente a dis­función diastólica.

           

Varios mecanismos pueden estar debajo de la mayor tasa de mortalidad intrahospitalaria entre pacientes diabéticos. La mayor incidencia del fracaso de la bomba cardiaca en pacientes diabéticos puede ser el resultado de la hipocontractilidad del miocardio no infartado (estudio MILIS y TAMI). Es posible que los diabéticos tengan una enfermedad arterial coronaria más extendida que les predisponga a una mayor disfunción en áreas de miocardio no infartado o que ponga en peligro el flujo sanguíneo colateral.

           

Se ha sugerido que los diabéticos suelen pre­sentar miocardiopatía isquémica con mayor frecuencia que los pacientes no diabéticos, debido a que el miocardio re­sidual asociado a la diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID) puede influir de forma adver­sa en el proceso de remodelación ventricular izquierda des­pués de un infarto de miocardio.

           

Además del problema estrictamente coronario, la diabetes está asociada a un proceso de miocardiopa­tía que afecta a la función diastólica ventricular izquierda. La afectación arteriolar o capilar por la microangiopatía dia­bética puede llevar a una formación más amplia de cicatri­ces, a una fibrosis difusa y a un deterioro de la relajación miocárdica.  La miocardiopatía diabética, clínica o silente, se caracteriza por alteraciones patológicas de la microcircu­lación y del intersticio miocárdico no relacionadas con la aterosclerosis de grandes vasos y puede contribuir a la hipo­contractilidad del miocardio no infartado.

           

Otra hi­pótesis es que la mayor mortalidad en pacientes diabéticos se debe a un trastorno del sistema nervioso autónomo, de tal manera que el deterioro de la función nerviosa simpática cardíaca reduci­ría la reserva inotrópica del músculo viable.

           

Los pacientes diabéticos que sobreviven a las complica­ciones inmediatas que siguen al infarto, tienden a padecer infartos de miocardio recurrentes mortales y no mortales con mayor frecuencia que los casos similares no diabéticos.  Aunque la morbilidad y la mortalidad postinfarto inmedia­tas suelen estas relacionadas con insuficiencia cardíaca con­gestiva, la mortalidad tardía suele deberse a infarto de mio­cardio recurrente, persistencia de la isquemia o lesión miocárdica continuada.

 

Tratamiento trombolítico

 

Está perfectamente establecido que la mortalidad entre pacientes no diabéticos con infarto agudo de miocardio se reduce significativamente con tratamiento trombolítico, como estreptoquinasa o activador del plasminógeno tisular recombinante (r-TPA). Además, el tratamiento trombolítico mejora la función ventricular izquierda.

                       

Aunque los prin­cipales estudios con estos fármacos después del infarto de miocardio incluyen a pacientes diabéticos, ningún estudio ha evaluado en concreto los efectos beneficiosos del trata­miento trombolítico frente a un placebo en pacientes dia­béticos con infarto agudo. El estudio ISIS-II demostró efectos beneficiosos claros entre los pa­cientes diabéticos que recibieron tratamiento trombolítico con estreptoquinasa. En el ensayo TIMI,  pacientes diabéticos y no diabéticos fueron asignados aleatoriamente, dentro de las 4 horas siguientes al infarto agudo de miocardio para recibir tratamiento trombolítico. Las ta­sas de mortalidad a las 6 semanas fueron del 8,5 y del 3,6%, respectivamente.

           

En el International Tissue Plasminogen Activator Streptokinase Mortality Trial, la tasa de mortalidad intra­hospitalaria de los pacientes con diabetes durante 10 años fue casi del doble que la de todos los grupos de pacientes no diabéticos de edad comparable.  Además, su curso clínico después del alta fue peor, caracterizándose por una mayor incidencia de reinfartos e ictus y una tasa de morta­lidad a los 6 meses mayor.

           

En el estudio GISSI-2 con estreptoquinasa o r-TPA, se consiguió la reperfusión con menor frecuencia en pacientes diabéticos.  Además, las tasas de mortalidad intrahospitalaria en pacientes tratados con r-TPA fueron del 7,4% en pacientes sin diabetes, del 15,4% en pacientes con diabetes mellitus insulindependiente (DMID) y del 12,4% en aquellos con diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID). En pacientes tratados con estrep­toquinasa, las tasas de mortalidad respectivas fueron del 7,2, 17,4 y 10,9%.  El tipo de fármaco fibrinolítico no afectaba a las tasas de mortalidad.

           

Los ensayos TAMI fueron diseñados para evaluar varias estrategias de reperfusión utilizando r-TPA, uroquinasa o una combinación de r-TPA y uroquinasa.  En cada estudio, los pa­cientes fueron sometidos a dos procedimientos de catete­rismo cardíaco, el primero unos 90 minutos después del ini­cio del tratamiento trombolítico y el segundo 7 a 10 días más tarde.  A pesar de unas tasas de permeabilidad angiográfica similares 90 minutos después del tratamiento trombolítico en pacientes con y sin diabetes, la tasa de mortalidad intrahospitalaria fue casi dos veces más elevada en pacientes con diabetes.

           

Así, aunque los pacientes diabéticos con infarto agudo de miocardio tratados con fibrinolíticos se beneficiaron de la misma reducción de la mortalidad que los pacientes no diabéticos, las mayores tasas de mortalidad in­trahospitalaria continuaron siendo significativas (1,5 a 2,5 veces más altas que en sujetos no diabéticos).  Las anomalías del sistema fibrinolítico en los diabéticos pueden explicar las tasas más bajas de reperfusión comu­nicadas en estos pacientes. Tanto la diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID) como la re­sistencia a la insulina van asociadas a una mayor actividad del inhibidor del activador del plasminógeno 1 (PAI-1). Sin embargo, los datos angiográficos del ensayo TAMI de­muestran que las diferencias en la eficacia del tratamiento trombolítico no son responsables del peor resultado en pa­cientes con diabetes.  Parece que la principal razón de la mayor mortalidad intrahospitalaria y de las tasas más ele­vadas de complicaciones en pacientes con diabetes están re­lacionadas principalmente con una enfermedad arterial co­ronaria más extensa.  Por tanto, los pacientes con diabetes deben ser considerados de alto riesgo por un mal pronóstico y deberán ser tratados de la misma forma que otros gru­pos de alto riesgo, con tratamiento trombolítico precoz y quizás con un enfoque diagnóstico y terapéutico más agre­sivo, y con una revascularización temprana en aquellos con una anatomía adecuada.

 


Factores de Riesgo Cardiovascular. Diabetes Mellitus Insulindependiente y no insulindependiente.3

Revascularización percutánea

 

Los hallazgos de varios estudios indican que la diabetes es un poderoso factor de riesgo para la reestenosis después de la angioplastia coronaría transluminal percutánea (ACTP). La reestenosis se define como un proceso de crecimiento intraluminal después de una angioplastia con éxito, y los factores de riesgo para la reestenosis deberían ser factores de riesgo para este proceso de crecimiento.

                       

Sin embargo, no se ha podido comprobar que los factores de riesgo clásicos para la aterosclerosis, como el sexo mascu­lino, la hipertensión sistémica, la hipercolesterolemia y la continuación del consumo de tabaco después de la ACTP estuvieran relacionados con el estrechamiento de la luz. Sólo la diabetes se ha comprobado en el seguimiento que tiene una relación independiente con la cantidad de estenosis del calibre intraarterial. Además de esto, los diabéticos tienen también una mayor incidencia de reestenosis después de la angioplastia con láser.

                       

Adicionalmente, es preciso tener en cuenta, también, que los pacientes diabéti­cos tienen una tasa de reestenosis significativamente mayor después de la utilización de stents coronarios.  En los estudios realizados se observó que, en la mayoría de los casos, la reestenosis del «stent» se debía a hiperplasia de las células musculares lisas, que puede ser el resultado de anomalías meta­bólicas características de los pacientes diabéticos.  Sin embargo, todavía no están muy claros los factores específicamente responsables del mayor nú­mero de reestenosis en pacientes diabéticos.

 

 

           

TRASTORNOS DE LAS LIPOPROTEÍNAS EN LA DIABETES

 

Las anomalías metabólicas asociadas a la diabetes mellitus insulindependiente (DMID) y a la diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID) provocan importantes alteraciones en la composición, transporte y metabolismo de las lipoproteínas. Es muy frecuente observar anomalías en las con­centraciones plasmáticas de lípidos y lipoproteínas en individuos diabéticos, especialmente en sujetos con diabetes mellitus insulinodependiente no controlada y en muchos individuos con diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID).

                       

En el San Antonio Heart Study, se observó que la dislipemia era más frecuente en pacientes con diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID) que en aquellos sin alteraciones del metabolismo hidrocarbonado (más del 60% frente a menos del 25% de los no diabéticos).  Sin embargo, sólo el 25% de ellos conocían su problema lipídico y menos del 10% estaban recibiendo tratamiento.

                       

Los datos del Framingham Heart Study indican que las elevaciones de los triglicéridos y de las liproteínas de muy baja densidad (VLDL), así como las reducciones de los niveles de liproteínas de alta densidad (HDL), tienen una prevalencia de unas dos veces más en diabéticos que en no diabéticos. Independientemente del origen geográfico o racial, los pa­cientes con diabetes mellitus no insulinodependiente tienen un exceso de dos a tres veces en el número de dislipemias, en comparación con la po­blación no diabética correspondiente.

           

En las concentraciones y metabolismo de las lipoproteí­nas plasmáticas estudiadas en sujetos diabéticos, influyen factores es­pecíficos del estado diabético, es decir, el tipo de diabetes, el control de la glucemia, la resistencia a la insulina, la pre­sencia de nefropatía diabética y el tipo y método de trata­miento precisado o empleado.

 

La aterosclerosis acelerada en la diabetes está causada, al menos en parte, por un perfil de lipoproteínas aterogéni­co. A menudo, el patrón aterogénico de las alteraciones de las lipoproteínas está presente durante años antes de la apa­rición de la hiperglucemia en ayunas y del diagnóstico de diabetes manifiesta.  Esto puede explicar por qué el riesgo de enfermedad cardiovascular no está relacionado con la duración de la diabetes en pacientes con diabetes mellitus no insulindependiente (DMNID).  Esto contrasta con la diabetes mellitus insulindependiente (DMID), en la que las anomalías de las lipoproteínas se producen en relación con la aparición de la hiperglucemia.  Los principales factores que influyen en las concentraciones de lipoproteínas plasmáticas en la diabetes mellitus insulindependiente (DMID) son el control de la glucemia, el método de administración de la insulina y la presencia de nefropatía.

 

Triglicéridos y liproteínas de muy baja densidad (VLDL)

 

La alteración más constante de las lipoproteínas asociada a ambos tipos de diabetes es un aumento de los niveles de lipoproteínas de muy baja densidad (VLDL).