Se intenta rescatar, a modo de breviario, los presentes señalamientos geriátricos y gerontológicos de Mario Strejilevich por su validez y contundencia siempre actual, a partir de los aspectos convivenciales que me han unido a él por muchos años y a sus testimonios escritos recopilados y publicados por sus amigos en ocasión de su fallecimiento (23-09-1988) bajo el título "Temas de Psicogeriatría" (Ediciones 1919; Buenos Aires, 1990), a sus charlas y conferencias y al libre juego de sus ideas compartidas en la buhardilla o desván de la calle Bulnes de Buenos Aires.
La senescencia y la senectud, con o sin demencia, son parte de la vida humana.
Trabajar todo el tiempo con viejos enfermos es insalubre.
A los ancianos no les molesta tanto el tema de la muerte como el de la invalidez y la dependencia patológica.
Al socializar la Medicina, se eleva el nivel de salud de toda la población.
Si el bienestar económico fuera suficiente para ser independiente y teniendo una buena relación familiar y social, el 95 % de los viejos no tendrían problemas y estarían sanos y saludables.
La arterioesclerosis cerebral no llega a representar el 11-12%.
No hay que dar pastillas a quien no las necesita y consejos a quien no le sirven.
No es conveniente hablar de viejos en plural; el viejo es una persona única, exclusiva e irrepetible.
Mantenerse activo es una receta útil para los viejos que trabajaron poco o nada; para los viejos que trabajaron toda la vida, que fueron explotados y siguen siendo pobres, están muy cansados y para ellos no es una receta válida.
La jubilación en sí no enferma ni mata pero genera un shock porque es brusca, depende de una sola de las partes, genera pobreza por el descenso de los ingresos y hace perder status social.
La gerontología como campo, sigue marginada en las preocupaciones de los médicos y psiquíatras en general.
Hay un aumento veloz de la cantidad de ancianos con trastornos mentales.
La asistencia de ancianos requiere una buena organización asistencial, trabajo en equipo y un excelente nivel terapéutico y de investigación. De no ser así, los servicios se transforman en depósitos de enfermos crónicos.
El viejo sufre un proceso de “cosificación” que no acaba de distinguir objeto de ser humano y contiene apreciaciones de inutilidad, irreparabilidad, abandono y muerte.
Los servicios destinados a la atención de las personas mayores pueden terminar en cronicarios atendidos por “gerontófobos” o en microsociedades sobreprotectoras atendidas por “gerontófilos” donde se estimula la dependencia y, por ese camino, se cronifica al enfermo.
La ausencia de estimulación conduce a un debilitamiento de la conducta, se es menos eficiente, se inducen intensos y alterados estados afectivos y se generan marcados cambios de la motivación.
Trabajando, en forma “desalienante”, la persona mayor mantiene un lazo con su vida habitual anterior y futura.
La inactividad en la persona mayor tiene un valor patógeno porque genera cuadros clínicos graves o suman déficit al cuadro clínico ya presente: atrofia muscular, anquilosis, retracción tendinosa, fijación de articulaciones en posiciones viciosas, osteoporosis, incontinencia esfinteriana, escaras, inversión del ritmo nictemeral (somnolencia diurna con insomnio nocturno), desorientación témporoespacial, confusión mental, delirio.
Cambios bruscos de actitudes, del cuidador, de la habitación, producen en los ancianos cuadros confusionales de aparición frecuente.
El trabajo (ergoterapia) propuesto a las personas mayores debe contemplar las deformaciones reumatismales de las manos, la agudeza visual disminuída, la torpeza en los movimientos finos o en el manipuleo de piezas pequeñas, el aumento de la fatigabilidad. Se imponen horarios cortos, discontinuos y secuencias lentas con desarrollo de tareas en cadena de complejidad creciente y adaptado a las posibilidades y deseos de cada uno.
En los servicios de geriatría es más necesario en un comienzo el trabajo psicoterapéutico con el personal que con los residentes o los enfermos.
El aumento del sueño diurno en los ancianos puede ser consecuencia de la inmovilidad y del aislamiento en relación al entorno.
Entre los trastornos mentales de los mayores, tres síndromes presentan insomnio: la manía, la depresión y la arterioesclerosis.
La agitación se manifiesta con mayor frecuencia en la manía, en las formas ansiosas de la melancolía, la enfermedad de Pick, la enfermedad de Alzheimer y los estados confuso-oníricos.
La imposibilidad de una expresión por medio de la palabra deriva hacia otro tipo de actividad con diversos grados de organización.
Las personas mayores en general y los enfermos en particular necesitan de un medio no perturbado, condiciones físicas adecuadas, buena nutrición, buen trato y conversación, buena y adecuada cama.
La frontera entre el envejecimiento psicológico normal y el patológico es en la mayoría de los casos borrosa.
El criterio asistencial hacia los viejos está determinado por las condiciones de vida (falta de recursos, soledad, enfermedades físicas invalidantes) y la valoración de la capacidad de bastarse a sí mismo en las tareas domésticas elementales.
Los trastornos de la memoria de diverso origen son una de las causas de invalidez más frecuentes en la vejez.
La observación del anciano en casa, rodeado de su “historia-museo” acumulada durante décadas y plasmado en muebles, decoraciones y objetos en diverso estado de uso, enriquece enormemente la observación semiológica y permite mejores diagnósticos que el consultorio médico o el hospital.
Geriatría y cronicidad no son sinónimos.
Es difícil separar el deterioro normal del patológico en el anciano; la sintomatología es menos específica o atípica y las lesiones anatomopatológicas presumiblemente causales son más diversas y no guardan en general una relación unívoca con las manifestaciones clínicas.
El trabajo médico, de enfermería, de rehabilitación y de cuidados en geriatría es muy difícil y frecuentemente poco gratificante.
La experiencia asistencial en geriatría del mundo desarrollado no puede ser transpuesta mecánicamente a la Argentina; se necesitan grandes recursos económicos, técnicos y humanos que permitan un trabajo de alto nivel en los planos diagnóstico, terapéutico, rehabilitativo, social y de investigación gerontológica.
La población de personas mayores, por el peso que su propio pasado tiene en sus hábitos presentes y sus expectativas, difiere en diferentes países, zonas o comunidades más que grupos de menor edad. Hay que adecuar las instituciones a las necesidades y expectativas de cada generación de viejos.
El Estado, en nuestro país, debería desarrollar un sistema coherente y continuo de protección a los ancianos y crear instituciones válidas, competentes y planificadas para que sirvan de amortiguadores en las relaciones y vínculos generacionales, intergeneracionales y entre hijos grandes con padres viejos.
La vida en casa de un anciano severamente enfermo cuyos miembros de familia no tienen posibilidad de ayuda, puede eventualmente culminar en una situación donde cualquier cosa puede ocurrir, aún una tragedia.
El anciano con problemas es rechazado en los hospitales por viejo, en las residencias para mayores por sus conductas o inconductas y, muchas veces, plantea problemas dramáticos en su núcleo familiar.
Se debe tener sumo cuidado con los efectos iatrogénicos en cualquier nivel de actividad terapéutica con las personas mayores. A veces el tratamiento es más invalidante que la enfermedad misma.
Casi todos los psicofármacos tienen efectos secundarios leves o severos en las personas mayores.
La farmacología aplicada al anciano con extremismo produce “segregación farmacológica” y esto suele ser cómodo para el sistema que carece de una red médico-social de protección a la vejez.
Los grupos familiares no pueden asumir durante largo tiempo tareas terapéuticas, de rehabilitación o de custodia y cuidados de sus ancianos; estas acciones insumen un monto elevado de angustia, esfuerzo físico y económico por momentos insoportable.
La población añosa de la Argentina no recibe el cuidado, las ayudas institucionales y estatales que permitan compensar, aunque parcialmente, el alejamiento comunicacional, económico, de nivel de información, etc. que la separa cada vez más del resto de la sociedad.
El envejecimiento humano es de cada época y de cada lugar. Muchas de las llamadas “conductas” de los ancianos no son sino las respuestas a lo que la sociedad espera de ellos y lo que la familia y la sociedad les permite.
Se envejece como se ha vivido y hay que aprender a envejecer, tolerando y tolerándose las limitaciones, las pérdidas y los duelos procurando ser escuchado por alguien que sepa escuchar y que tenga un mínimo de capacidad de identificación positiva con el viejo.
Hacer gerontopsiquiatría no es acompañar a los humanos a “bien morir” sino ayudarlos en una etapa de la vida, que como todas, tiene sus duelos y sus logros.
En la Argentina, las personas mayores en su mayoría constituyen un grupo marginado y discriminado (también victimizado) y con grandes limitaciones en su posibilidad de recibir recursos sanitarios y sociales especializados.
La población añosa, pese a que constituye más del 10 % de la población general en Argentina es declarada, implícita o explícitamente no prioritaria en los programas de bienestar social y salud pública y está “oculta” por los problemas de salud, hambre, analfabetismo, etc. de los más jóvenes.
Actualmente, la sociedad de consumo impulsa a reemplazar “lo viejo” (sirva o no) como “al viejo” (sirva o no) presionada por un ejército de desocupados jóvenes sin dar al menos la oportunidad y los recursos para que el viejo también se convierta en un buen consumidor. La lucha social por el cambio, el status y los beneficios es vivenciada indebidamente como lucha intergeneracional.
Los grupos familiares carenciados y las comunidades con niveles de asistencia bajos, se ven obligados a “enterrar” a sus padres viejos en vida por falta de recursos.
Para tratar y asistir a los viejos hay que utilizar técnicas biológicas, psicológicas y sociales al mismo tiempo, coordinadamente, con ritmo adecuado, a largo plazo y realizado por un equipo interdisciplinario al que debe incorporarse al médico de cabecera y al grupo familiar.
Pagar un alto precio para institucionalizar a un viejo sin necesidad, con gran nivel de confort es, la más de las veces, un gesto de la familia para disminuir la culpa de no integrar y querer a su viejo.
Una residencia para mayores sanos o enfermos no puede enorgullecerse sólo porque no se huela amoníaco, no haya escaras o que los viejos se porten bien, obedezcan y sean tratados como niños (arrugados).
Las instituciones sociales y sanitarias dedicadas a la población geriátrica deben difundir normas de geriatría clínica como técnicas permanentes de educación del post-graduado. A través de los médicos generalistas se podrá acceder, en este extenso y diverso país, a los millones de ancianos que actualmente viven entre nosotros.
Pobre, viejo y loco es una tríada difícil de contener y superar para el viejo y su familia.
La mayoría de las instituciones geriátricas han adoptado modelos custodiales que responden a necesidades vegetativas básicas (techo – comida – higiene) con cuidado médico precario o nulo, sin estudios preventivos, sin rehabilitación planificada, sin programa de actividades diarias adecuadas, sin discriminar los cuadros médicos de los sociales, sin asociar y articular la vertiente social con la sanitaria (modelo sociosanitario).
Lo mejor para los viejos es evitar: 1) infinidad de hospitalizaciones con falsos o incorrectos diagnósticos; 2) el aislamiento innecesario; 3) el biologismo mecanicista; 4) el reduccionismo psicologista ingenuo; 5) la polifarmacia.
Las instituciones que prestan servicios a los viejos no pueden funcionar verticalmente. El personal y los beneficiarios deben intervenir en la discusión de objetivos, métodos, prioridades y programas. Deben ser capaces de autoperfeccionarse capacitando permanentemente a sus cuadros técnicos e incorporando a todos los profesionales nacionales ya capacitados por concurso abierto, sin discriminaciones de orden político, ideológico o religioso, Debe evitarse la exagerada asistencia médica en los programas geriátricos integrales para evitar, entre otras cosas, la creación de un mercado que consuma casi solamente, asistencia médica y fármacos.
Los hospitales, clínicas y sanatorios de nuestro país no fueron construidos pensando en la rehabilitación durante la etapa aguda o la convalecencia de diversas enfermedades y sobre todo en la presencia de los viejos que necesitan actos terapéuticos complejos, interdisciplinarios, programados y progresivos con seguimiento domiciliario integral y continuo.
Los desequilibrios socio-psicológicos tienden fácilmente a somatizarse en muchos ancianos creando falsos cuadros clínicos, es decir, una hipocondría socialmente engendrada al carecer de respuestas a sus necesidades económicas y socio-culturales básicas indispensables.
El envejecimiento es un proceso asincrónico y las exigencias sociales respecto a este proceso varían de persona a persona.
Tratar de detener el proceso del envejecimiento es, al menos, una conducta utópica que no se resuelve visitando médico en médico o geriatra en geriatra.
Cada viejo tiene una especie de marcapasos biológico y psicológico de existencia cotidiana.
No saber geriatría y atender viejos es muy frecuente en la Argentina y es grave.
Uno de los deberes que tenemos para con los millones de viejos de Argentina es impulsar la investigación de las características médicas, psicológicas y sociales de las diversas regiones de nuestro país y no copiar modelos importados aunque sean útiles afuera. Capacitar a los médicos en general en la atención y terapéutica de los viejos y “llegar” a ellos en todo el país a través de médicos clínicos y agentes sanitarios gerontológicos que caminen por los valles, las ciudades del interior y los barrios de las capitales.
El gran magma geronticida, socialmente hablando, es la desocupación.
La polipatología y la policausalidad geriátrica es un hecho casi constante y la patología oculta, cuyos síntomas clásicos no suelen observarse en los viejos, suelen ser también constantes, condicionantes o determinantes de muchos cuadros clínicos.
La dramaticidad de un cuadro clínico en un mayor no puede inducir a distorsionar la situación a punto tal de no examinar exhaustivamente al viejo desde el punto de vista clínico, no desarrollar al máximo la capacidad semiológica para jerarquizar correctamente los signos y síntomas y dar tranquilidad a los que nos rodean.
Es mejor, como médico generalista o como geriatra en particular, abandonar el furor curandi y convertirse en un profesional más eficaz y menos omnipotente.
Envejecer en los países en desarrollo es un modo ecológico de supervivencia porque en estos países hay hambre, desocupación, analfabetismo, enfermedades endémicas, pobreza en todas sus formas. Envejecer en ese mundo es un logro reservado para aquellos mejor dotados genéticamente o es el resultado de la suerte.
El Doctor Mario Strejilevich, nació en Buenos Aires el 20 de abril de 1928. Su educación secundaria la realizó en el Instituto Industrial Otto Krause. Estudió Medicina en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de La Plata, a pesar de vivir en Buenos Aires. Se graduó en 1957. Fue pionero de la geriatría, la gerontología en iniciador de la psicogeriatría en nuestro país. Se dedicó por entero a este campo a través de la investigación científica, la práctica clínica y fue un militante cuestionador para obtener mejores condiciones de vida para los viejos de nuestro país; muchas veces se tornó sospechoso para los gobiernos autoritarios que le complicaron la vida más de una vez o lo dejaron cesante en algún cargo público. Trabajó en centros internacionales tales como Ste. Anne en París, Bel-Air en Ginebra, Suiza, con Julián de Ajuariaguerra, en Holanda y en Londres con Félix Post. En Buenos Aires (Argentina) fue asesor en los Hospitales Italiano, Francés e Israelita, en el INSSJP (PAMI) y en el Instituto Nacional de Salud Mental. La OMS lo convocó a Ginebra en 1970 como uno de los ocho expertos en psicogeriatría del mundo y en 1985 fue invitado a Washington por la OPS, entre otras cosas, para clasificar las enfermedades psicogeriátricas.
Murió a los 60 años en Buenos Aires, el 23 de setiembre de 1988.