Actitudes y emociones en estudiantes de Enfermera y Medicina ante la muerte y el proceso de morir
Autor: Ofelia Molina Contreras | Publicado:  24/06/2010 | Psicologia | |
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Actitudes y emociones en estudiantes de Enfermería y Medicina ante la muerte y el proceso de morir

Ofelia Molina Contreras
Rosa Icela Esparza Betancourt.

RESUMEN

El objetivo de este trabajo es analizar las actitudes y emociones de los futuros profesionales de la salud ante la muerte y la atención al enfermo en etapa Terminal. Se aplicaron a 156 alumnos de primer semestre de las Facultades de Enfermería y Medicina de la Universidad Autónoma de Baja California, las escalas: Ansiedad ante la muerte, Preferencias profesionales y Factores que ayudan a morir en paz.

Resultados: los alumnos de ambas Facultades generan más ansiedad ante la muerte y el proceso de morir de la persona más querida. “Sentirme cerca, comunicarme y estrechar vínculos afectivos con mis personas queridas” y “Pensar que mi vida ha tenido algún sentido” son los factores más importantes que ayudarían a morir en paz.

Conclusión: los estudiantes no muestran rechazo a trabajar en el futuro con pacientes críticos pero muestran ansiedad ante la muerte y proceso de morir de sus seres queridos.

Por la alta posibilidad de afrontar procesos de enfermedad critica y de muerte desde las primeras prácticas clínicas, se sugiere que los estudiantes sean capacitados en manejo de habilidades comunicativas y relacionales, y promover grupos de crecimiento humano para la expresión de actitudes y ansiedades relacionadas con el proceso de morir de los pacientes a su cargo.

Palabras clave: actitudes y ansiedad ante la muerte, preferencias laborales y factores que ayudan a morir en paz.

I. Introducción.

“La muerte ha sido una vivencia que ha inquietado siempre al hombre en el transcurso de su vida. El “vamos a morir”, el por qué, el cómo, la diferencia entre la vida y la muerte, entre otros, han sido temas de reflexión por parte de muchos investigadores y pensadores de todas la épocas y culturas. Por ello, filósofos, teólogos, poetas, historiadores, biólogos, médicos, psicólogos, sociólogos y juristas han abordado el tema de la muerte desde la óptica de sus respectivos campos” (Gala, 2002)

En nuestra sociedad occidental, la muerte se vive como algo extraño, imprevisto y que la mayoría de las veces no está presente en nuestros pensamientos cotidianos (Bayés, 1999). Esta negación social de la muerte lleva a esconder y medicalizar la misma, prefiriendo una muerte rápida y que se produzca, de poder ser, cuando uno está durmiendo.

A pesar de ello, cada vez con mayor intensidad y profusión, las ciencias sociales y biomédicas han ido propiciando nuevos enfoques del Proceso Terminal y de la misma muerte (enmascarándoles, unas veces; apoyadas en los riesgos y logros de la prolongación de la vida, otras).

Carmona (2008) señala que, hoy en día, son los profesionales del área de la salud, específicamente enfermeras y médicos, quienes permanecen en contacto continuo con el paciente y su familia al principio y al final de la vida, ya que la mayoría de los nacimientos y muertes se producen en los centros hospitalarios. Este hecho hace que se generen relaciones estrechas entre el personal de salud, los pacientes y sus familiares; estos últimos esperan encontrar en el equipo de salud el apoyo y comprensión para enfrentar sus angustias y sentimientos presentes y futuros relacionados con los límites de la vida. Señala también que, como profesionales de la salud, tenemos una gran responsabilidad frente a nuestros pacientes en proceso de duelo por pérdidas significativas, pero ¿estamos nosotros, como seres humanos, preparados para hacer frente a estas situaciones de duelo? ¿Cuándo y dónde se nos preparó para ayudar al otro a superar sus duelos? ¿Quién nos ayuda a nosotros a superar nuestros propios duelos?

Al respecto, De Anda (1999), supone, que las concepciones y distorsiones en las actitudes del ser humano frente a la muerte tienen una base social y esas distorsiones también penetraron en la formación de los profesionales de la salud, médicos y enfermeras, entre otros.

La primera confrontación del médico con la muerte sucede al inicio de sus clases de anatomía cuando se enfrenta por primera vez con cuerpos sin vida, y donde es obligado a manipularlos fríamente como a cualquier objeto de estudio, como si fueran máquinas; la disociación y negación de sus emociones como profesional comienza allí: es inadecuado sentir, ya que es un signo de inmadurez, un motivo de burla. El buen profesional es aquel que “no se involucra”; los mecanismos de defensa que estos estudiantes adoptan y muchas veces mantienen en el ejercicio de su profesión son los de minimización o descalificación de aquella realidad. No se les da el tiempo ni el espacio para discutir con los maestros la experiencia o su impacto: las emociones reales y cuestionamientos que eso les provoca; porque hasta los propios maestros poseen marcadas dificultades en esta área, reproduciendo y alimentando los comportamientos defensivos del estudiante, una vez que funcionan para éste como un modelo a ser imitado. De esta manera, el estudiante prosigue su curso con una orientación estrictamente organicista.

Fonnegra (1999 ), señala que la única forma de conocer qué causa el sufrimiento, es preguntárselo a quien lo sufre y es una obligación moral y profesional de ampliar nuestra óptica del paciente para ir descubriendo el sufrimiento, de ubicar en lo posible su fuente y emplear todos los medios disponibles para permitirle el alivio que él desee. En ese sentido, la atención médica debe volver a ser personal, íntima, informada e individualizada, como primera medida antisufrimiento de los pacientes en etapa terminal. La labor del clínico debería incluir detectar el sufrimiento, ponerle un nombre y validar la necesidad de actuar para mitigarlo siempre que sea posible, mucho más si la práctica profesional nos pone en contacto con la muerte de nuestros pacientes; sin embargo, día tras día vemos que los estudiantes de Medicina desarrollan rápidamente destrezas tecnológicas para enfrentar virtualmente cualquier crisis que el paciente pueda presentar pero, para su propia supervivencia emocional, aprenden a ignorar o a minimizar las señales de sufrimiento personal de sus pacientes. ¿Por qué? Porque enfrentar el dolor emocional de un paciente, las implicaciones que su próxima muerte tienen dentro de su ámbito familiar, explorar el significado o la carencia del mismo, que para ese paciente en particular tiene la vida que está llevando y el futuro que le espera, nos expone a tener que admitir nuestros propios temores, vulnerabilidad y limitaciones, a veces no reconocidos por nosotros mismos. Sentimos, muchas veces que, para defender nuestro rol omnipotente, debemos ocultar cualquier manifestación de compasión, de sensibilidad, de tristeza por la situación de ese ser humano, nuestro paciente. La bata blanca puede representar un símbolo de distancia y a la vez una armadura emocional que limita nuestro contacto con el paciente a la mera atención sintomática.

Los estudiantes de Enfermería, por su parte, continuamente se enfrentan a la realidad de la muerte de otras personas, a menudo intentan evitar el tema ignorándolo, evadiéndolo o confrontándolo con un fuerte sentimiento de frustración ante la muerte de un enfermo bajo su cuidado y que por su ideal de salvar vidas, cuestiona inclusive su capacidad para autoevaluarse frente a la inevitabilidad de la muerte, lo cual le impide, al igual que a otros profesionales de la salud, brindar una mejor atención a una persona que va a morir y que merece hacerlo de manera digna y participando en su proceso.

A menudo olvidamos la definición de Enfermería de Virginia Henderson, tomada por el Consejo Internacional de Enfermería: “La función propia de la enfermera consiste en atender al individuo enfermo o sano, en la ejecución de aquellas actividades que contribuyen a su salud o a su restablecimiento o a evitarle padecimiento en la hora de su muerte (…)” (Henderson, 1981). Virginia Henderson ya contemplaba los cuidados de Enfermería al paciente que va a morir.

Otras investigaciones destacan que las tres actitudes más frecuentes del personal de enfermería son:

1. Tendencia a evitar que el enfermo se entere de cuál es su verdadero estado o, al menos, posponer al máximo dar esta información.



Revista Electrónica de PortalesMedicos.com. ISSN 1886-8924

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